[Crítica] Django desencadenado


8/10

Quentin Tarantino vuelve a brillar. Django desencadenado ofrece la mejor versión de uno de los directores más importantes del cine contemporáneo. La versión del narrador de grandes historias y no la del simple retratista de pasajes míticos de la serie B, el spaghetti-western o el cine asiático.
Django desencadenado resulta más apasionante que su anterior obra, Malditos bastardos, pero lejana (aunque no demasiado) a sus dos obras clave: Reservoir Dogs y Pulp Fiction. Sin embargo, la película ofrece un entretenimiento estimulante, plagado de referencias a Ennio Morricone o Sergio Leone y Sam Peckinpah pasando por Lee Van Cleef o Sergio Corbucci. Todo ello aderezado de algunas de las secuencias más desvergonzadas de las que es capaz el cine de Tarantino.
Sin embargo, la película posee un grave problema. Y es que aunque Jamie Foxx está más que correcto, Tarantino no sabe jugar las cartas del equilibrio de personajes haciendo hincapié en uno u otro sin posibilidad a la equidad interpretativa. Christoph Waltz se merienda durante los primeros cuarenta y cinco minutos a un Foxx que parece desubicado. Y es que el actor alemán, deudor de su éxito al coronel Hans Landa de Malditos bastardos, es una de las piezas clave de la película. Sin él, la cinta pierde fuelle y navega en un mar de diálogos hasta que encontramos al siguiente gran personaje.
Hablamos de un Leonardo DiCaprio con piel de lobo. Sorprende ver a un maduro y consecuente actor disfrutando con su papel mientras ejerce de villano al más puro estilo Griffith en El nacimiento de una nación. El personaje de Calvin Candie resulta de lo más apetecible de una película en la que el lucimiento de su verdadero protagonista no llega hasta el final, en un clímax insuperable entre siluetas.
Django desencadenado es bizarra. La sangre fluye a borbotones, como era de esperar en cualquier proyecto que lleve el nombre de Tarantino. La banda sonora es ejemplar, como no podía ser de otra manera. Temas míticos y antológicos del gran Ennio Morricone procedentes de cintas como Los días de la ira o la antigua Django, de la que Tarantino ha rescatado a Franco Nero y alguna que otra escena para su ópera prima. Películas como El gran silencio, La muerte tenía un precio o Mandingo han sido una fuente clara y diáfana de inspiración para este southern al más puro estilo Tarantino.
La polémica surge en el momento en que nos tomamos en serio las licencias narrativas que acoge el director en su guión, por otro lado, plagado de sentencias y prácticas muy graves contra las personas de color pero que realmente, y no me extrañaría, pudieron suceder en su época. Y es que la esclavitud, como la Alemania nazi en su anterior película, le sirve a Tarantino para crear una atmósfera divertida por la que puede haber alguien sensible que se sienta herido. Existe un componente de denuncia en el metraje. Pero hay que entender de quién viene esa denuncia.
Django desencadenado es una de las mejores películas del año. No por su extensa duración, por otro lado justificada, sino por lo sugestivo de su planteamiento. ¿Por qué ver un western de Tarantino de casi tres horas de duración? Es una experiencia para los amantes del cine del director y para aquellos que se sienten y se dejen llevar por una historia bien llevada y con un trasfondo apasionante. El amor, el drama, la violencia, el suspense, el miedo e incluso el humor están tratados de forma equilibrada. Ojo a la aparición, rebosante de surrealismo, del Ku Klux Klan.
Y no digo más.

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