[Retrospectiva Cannes] Marty (Delbert Mann, 1955)


7,5/10

La magia del cine radica tanto en aquellos poseedores de recursos para contar una grandilocuente y espectacular trama como en los que, con solo unos pocos medios, consiguen llegar al corazón del espectador con unos pocos personajes y un guión sólido, bien medido. Este es el caso de Delbert Mann y Marty, una producción que posee el honor de haber conseguido el Oscar a la Mejor Película y la Palma de Oro, no ex aequo, en el mismo año.
Y es que sin duda, aquel que desee ponerse delante de la pantalla a ver Marty deberá saber que tiene todos los elementos para poder contemplar una obra que, aunque no magna, resulta de lo más apetecible de ver. Poca duración, un protagonista de altura y una historia que engancha en base a la humildad, sinceridad y sencillez con la que está narrada.
Aquí no existen las pretensiones ni el ansia de las superproducciones. Aquí tenemos a un pobre carnicero que roza la media treintena que desea con todas sus fuerzas encontrar al amor de su vida. Sin embargo, fuera de toda pastelosidad hollywoodiense, hallamos no a un Clark Gable ni a un Cary Grant. Ni tan siquiera un Fred MacMurray o un Jack Lemmon. Nos topamos de frente con el mejor Ernest Borgnine. Acostumbrado, él y el público, a verle interpretando a villanos o papeles de mal carácter, en esta ocasión nos brinda un excelente giro y nos regala a uno de esos bonachones del cine a los que siempre recordaremos. 
En Marty brilla (o desluce, según se mire) la autoestima. De hecho, es un manual a favor de la autoestima de las personas. De ir con la cabeza alta, de mirar hacia delante y esperar encontrar la persona que, en un sitio u otro, está esperando que des con ella. Y eso es precisamente lo que le sucede a nuestro protagonista. Borgnine construye alrededor de su omnipresente personaje la necesidad de encontrar el ansiado complemento a una vida, alguien con quien compartir impresiones y vivencias, y que no sea su madre, con la que vive y de la que depende física, económica y psíquicamente. 
Nuestro protagonista es algo feo, rellenito y nada provisto de altura. Sin embargo, su tesón y el estar en el momento oportuno en el lugar adecuado le llevan a conocer a Betsy Blair, quien proporciona a Marty el contrapunto perfecto que él deseaba en su vida. Se desata, observamos que su labia comienza a desarrollarse como nunca. Vemos un cambio positivo en su actitud. Resulta simpática la secuencia en la que nuestro protagonista salta de alborozo, de enamoro, al haber encontrado a esa persona a quien amaba y de la que está seguro que es la que siempre ha querido. 
Delbert Mann le otorga un tono muy íntimo a la película. No hay grandes escenarios ni complejidad dramática más allá de la psicología de cada personaje, que por otro lado, está magníficamente llevada por una dirección contenida fruto de su experiencia en la televisión. Marty consiguió alzar en 1955 cuatro de los ocho premios a los que optaba (Película, Director, Actor y Guión) por encima de producciones como Picnic, La Colina del Adiós, La Rosa Tatuada o Escala en Hawai. De esta forma, Marty se convertiría en una de las primeras películas independientes en conseguir el gran premio en Hollywood. Recordemos que su producción corre a cargo de la empresa que fundaron el productor Harold Hecht y el actor Burt Lancaster, autores del éxito de una película que invirtió más en publicidad  que en presupuesto.

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