[Crítica] Blue Jasmine

8/10

¿Qué diría Blanche DuBois si contemplase con su mirada distante a Jasmine? ¿Cuál sería la opinión de Vivien Leigh de la última película de Woody Allen? ¿Y la de Elia Kazan o Tennessee Williams? Aunque parezca extraño, lo que escribo no es ninguna tomadura de pelo. Blue Jasmine, la nueva e interesantísima película del genio neoyorquino es una ficticia precuela, si se me permite la licencia, de la inmortal obra de Tennessee Williams Un tranvía llamado deseo.
Allen, en su amplio acerbo intelectual y de influencias, toma prestados algunos retazos de lo que Blanche DuBois siempre quiso ocultar bajo su antipática apariencia en la obra de Williams y los traslada a la actualidad. Resulta de lo más interesante contemplar esta influencia en el desarrollo de una trama basada en una obra escrita en los años 40 y ambientada en pleno siglo XXI con los cambios de código social y narrativo que ello implica.
Woody Allen vuelve a coronarse como autor después de ocho años, fecha en la que realizó su última obra magna: Match Point, con Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson. Blue Jasmine es la síntesis de la rabiosa actualidad financiera, económica, cultura, política y social que nos puede hacer un genio de tamaña capacidad como es Allen. El pilar fundamental de la película se sostiene en un solo nombre. Una actriz, como pocas en la actualidad, capaz de llevarse al extremo a sí misma y crear uno de los papeles femeninos más espectaculares de los últimos años. Hablamos de Cate Blanchett. ¿Tendremos a la nueva musa del neoyorquino?
Y es que en esta suerte de Blanche DuBois de la postmodernidad, Blanchett se erige como absoluto hilo conductor entre el espectador y Woody Allen así como entre el realizador y sus propias influencias. Hablamos siempre de la importancia de Ingmar Bergman en el cine de Allen pero no sabemos hasta qué punto la obra de Williams (Mississippi, 1911 – Nueva York, 1983) ha influido en sus películas y obras de teatro. Los códigos sexuales, la ramificación psicológica de sus personajes, la decadencia de clases, los sentimientos de culpa. Todas ellas son temáticas comunes entre Allen y Williams. Y era el momento pertinente de llevarlas a la gran pantalla.
Jasmine acude, tras una serie de acontecimientos de coherente y denunciable actualidad, a San Francisco para ver a su hermana. Ésta, divorciada, ha comenzado una relación con un hombre rudo, con cierta afición al juego, al alcohol y el barullo callejero. ¿No nos suena de algo esta sinopsis? Allen sabe cómo mostrar sus cartas y, en lugar de narrar una historia de manera lineal, se inventa un montaje abstracto en el que conocemos los acontecimientos previos al hilo narrativo principal en seco, fríamente, al corte.
Si hablamos de Cate Blanchett, lo hacemos sintiendo que ella es el alma mater de la película. No nos podemos imaginar a otra intérprete capaz de representar en apenas 90 minutos de película un papel a la medida de Woody Allen, con sus neuras y patologías, con la complejidad de una Blanche DuBois resucitada en nuestro siglo. Si somos justos, Penélope Cruz se llevó el Oscar por mucho menos. Pero tampoco nos podemos olvidar de un actor renacido de sus propias cenizas. Si Kim Basinger ha ido cayendo poco a poco en el más relativo olvido, Alec Baldwin se encuentra en su segunda juventud. Disfrutando de su tercera colaboración con el cineasta neoyorquino tras Alice y A Roma con amor. Sintiendo de nuevo lo que es hacer cine y triunfando en la televisión gracias a 30 Rock.
Con un guión marca de la casa, una banda sonora que atesora los más grandes temas del jazz clásico y unas interpretaciones más allá del sobresaliente, Blue Jasmine se presenta con credenciales para ser una de las mejores películas del año.

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